Aprendí a hacer libros aún antes de aprender a leer, doblando y pegando hojas y papeles para hacer los cuadernos que después llenaba con dibujos -más que nada planos de inverosímiles casa y edificios; no por nada soy hija de arquitecto y quizás un arquitecto frustrado yo misma-.. En Florencia, en donde viví tres años, me formé como encuadernadora-restauradora de libros -y actualmente trabajo en ello-, aunque dedico una parte importante de mi tiempo a los llamados libros 'de artista', cuyo referente esencial, sin embargo, es siempre la encuadernación.

 

El Taller de Oficios del Libro

El nombre Taller de Oficios del Libro nació más que nada de una idea; la idea, al principio muy vaga y más precisa con el tiempo, de alguna vez reunir bajo ese nombre a distintas personas que trabajaran en los distintos oficios del libro: encuadernación y restauración de libros, desde luego; pero también dorado, fabricación de papel y otros materiales, caligrafía, ilustración, edición, etc. De esa idea o sueño han pasado más de quince años; y si bien seguimos sin abarcar todos los oficios del libro que quisiera, uno de los logros importantes ha sido el de transmitir el amor por los libros y el oficio de la encuadernación, gracias a nuestros talleres y clases. Algo en lo que jamás pensé al comienzo, pero que con el tiempo ha llegado a ser uno de los pilares esenciales del Taller de Oficios del Libro. Mientras tanto... sigo soñando con otros oficios.

 

Oficio

Un art n'est qu'un métier dans une main vulgaire;
Un métier est un art quand on le sait bien faire

Algo así como

Un arte no es más que un oficio que se sabe hacer;
Un oficio es un arte cuando se sabe hacer bien

(Lesné, Carta de un encuadernador francés a un bibliófilo inglés, Paris, 1822)

Estos dos versos del encuadernador francés Lesné describen bien lo que, a mi parecer, cualquiera que ame su oficio debería adoptar como derrotero: constancia, perseverancia y trabajo. Derroteros que, sin embargo, no siempre han sido mi Norte. Aún así, nunca he dejado de estar convencida de que, sin ese Norte, no hay genio que sobreviva ni talento que se sostenga. Michelangelo, Gutemberg, Cervantes, Bach, Pasteur y Klimt, por nombrar sólo a unos cuantos, fueron grandes, incansables trabajadores -¡mucho más que 'genios'!-: sin trabajo no hay aprendizaje, no hay conocimiento, no hay descubrimiento, no hay ni siquiera inspiración; y sin inspiración, ¿qué puede ser inventado o creado?  Sin trabajo, hasta el menor de los talentos se hace humo en un segundo.

 

Maestros

Desafortunadamente no tuve muchos maestros, o al menos no en los momentos en que hubiese sido importante, o por mucho tiempo, o en las 'materias' que hubiese querido; pero sí conocí a algunos cuantos. Como Maurizio Copédé, mi profesor jefe en la Spinelli, mi escuela en Florencia, un tanto soberbio y aterrador pero sin duda muy inteligente y culto; o el profesor de historia del arte de la misma escuela -cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo-, pero gracias a quien aprendí a mirar y a ver y reconocer. O Dominique Savigny, restaurador-conservador de papel de la Biblioteca Nacional de Francia,  un hombre extremadamente tímido pero de una dulzura y una paciencia a toda prueba -sobre todo con los 'practicantes' como yo-. O Carlos Rey, -maestro pero gran amigo también-, apasionado del oficio y un respetuoso admirador del trabajo bien pensado y bien hecho. O mi padre -por volver a los orígenes-, dueño de una fuerza de voluntad, una perseverancia y un rigor titánicos y con quien aún mantengo una relación compleja, a pesar de haber muerto hace más de siete años.

Maestros todos; esos y tantos otros, conocidos, menos conocidos o encontrados por azar, sólo un instante: todos ellos, por igual, me dejan con la convicción de que, un maestro -que no es necesariamente quien más sabe o mejor conoce su oficio-, es el campeador de la constancia, la perseverancia y el trabajo. Pero también de otros rasgos esenciales: antes de nada, un maestro es alguien que sabe mirar: el que no mira no aprende (como me dijo alguna vez Carlos Rey, uno de los maestros anteriormente mencionados). Un maestro, además, respeta a los otros, tanto si son sus sus pares como si no. Esto conlleva, desde luego, una gran dosis de humildad; pero ese maestro es -salvo excepciones- naturalmente humilde, así como un hombre inteligente jamás siente que lo es; y si conoce bien sus talentos, de la misma manera es capaz de reconocer sus límites. Por último, un maestro es generoso; es decir, sabe que sus conocimientos, su experiencia y su 'saber' no valen de nada si no los comparte. Si no hay eco, si no hay huellas, no hay manera alguna en que el trabajo de toda una vida no sea en vano y tenga, por el contrario, sentido y trascendencia. Y eso, conciente o inconcientemente, un maestro siempre lo sabe.

 

Alumnos

Como alumnos, he tenido a toda clase de personas, de todas las edades, de ocupaciones diversas y con muy variadas motivaciones -diseñadores y editores esperando conocer mejor el oficio, artistas a la búsqueda de nuevos soportes para su trabajo, conservadores, historiadores, bibliófilos y hasta jubilados y cesantes queriendo simplemente encontrar algún hobby para llenar sus ratos libres-, pero todos con un mismo interés en común: los libros y la encuadernación. A todos ellos, tanto a los más talentosos como a los menos experimentados y a los más diestros como a los más lentos, les debo, más que nada, el haberme involuntariamente exigido seguir aprendiendo yo misma (...)

Hace algunos meses comencé a redactar, para mis alumnos, un Cuaderno de Taller -aún en proceso- con todo lo que se aprende en clases. Los libros y manuales de encuadernación actualmente en el mercado -y al alcance de cualquiera- son incontables; sin embargo me ha parecido importante, y en lo personal necesario, contar con un registro de lo que estoy enseñando a mis alumnos y de lo que puedo transmitirles y dejarles con mis clases (...)

 

Restauración

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